El estudio permitió integrar tejido neuronal derivado de células madre en animales modificados genéticamente, ofreciendo un modelo para analizar enfermedades neurológicas y tratamientos, mientras plantea interrogantes bioéticos sobre los límites de esta experimentación.
Por Jaime Millás. 21 septiembre, 2026.
Introducción
La investigación con organoides cerebrales humanos y quimeras humano-animal está modificando de manera importante nuestra capacidad para estudiar el desarrollo y el funcionamiento del cerebro humano. Lo que hace pocos años parecía pertenecer al ámbito de la ciencia ficción es hoy una realidad experimental: células nerviosas humanas pueden ser cultivadas a partir de células madre, organizadas en estructuras tridimensionales semejantes, en algunos aspectos, al tejido cerebral y posteriormente incorporadas al sistema nervioso de animales de experimentación.
En 2022, un trabajo dirigido por Sergiu Pașca, de la Universidad de Stanford, mostró que organoides cerebrales humanos trasplantados en ratas recién nacidas podían integrarse funcionalmente en el cerebro del animal. Las neuronas humanas establecían conexiones con circuitos de la rata y podían responder a estímulos procedentes de los bigotes. El trabajo abría nuevas posibilidades para estudiar enfermedades neurológicas y psiquiátricas, pero también planteaba una pregunta bioética de fondo: ¿hasta qué punto la incorporación de tejido nervioso humano puede modificar las capacidades del animal receptor?
Cuatro años después, en setiembre de 2026, el mismo grupo ha dado un paso adicional. Kaganovsky y colaboradores han desarrollado ratones modificados genéticamente para impedir el desarrollo normal de la corteza cerebral y del hipocampo y, posteriormente, han ocupado el espacio disponible mediante tejido neuronal humano derivado de organoides. El resultado constituye una forma particularmente avanzada de quimera neural humano-animal y permite estudiar neuronas humanas en un cerebro vivo, con conexiones con el resto del organismo.
El interés de estos experimentos es indudable. También lo es la necesidad de examinarlos desde una perspectiva bioética que no se limite a preguntar qué beneficios pueden obtenerse, sino que considere qué tipo de entidad estamos produciendo, qué grado de integración humana puede alcanzarse y cuáles deberían ser los límites de la experimentación.
- ¿Qué son los organoides cerebrales y las quimeras?
Los organoides cerebrales son estructuras tridimensionales obtenidas a partir de células madre que, bajo determinadas condiciones de cultivo, pueden diferenciarse en diversos tipos de células nerviosas y reproducir parcialmente determinadas características del desarrollo cerebral humano. No son cerebros humanos completos ni reproducen toda su organización anatómica o funcional, pero permiten estudiar procesos que resultan muy difíciles de investigar directamente en el cerebro humano.
Una de sus limitaciones fundamentales es que, cuando se desarrollan exclusivamente en el laboratorio, carecen de muchas de las condiciones presentes en un organismo vivo. Entre otras dificultades, presentan una vascularización limitada y no reciben la compleja información sensorial, hormonal y metabólica que acompaña al desarrollo cerebral normal.
Precisamente por ello se ha desarrollado una estrategia diferente: introducir tejido neuronal humano en el cerebro de un animal. El organismo receptor proporciona vascularización, nutrientes, señales ambientales y conexiones con un sistema nervioso completo.
Cuando células de diferentes especies contribuyen conjuntamente en la constitución de un organismo se habla de quimera interespecífica. En este contexto, una quimera humano-animal no es necesariamente un organismo conformado a partes iguales por células humanas y animales. El porcentaje de células humanas puede ser muy reducido o concentrarse en determinados tejidos. Lo relevante es su integración funcional.
La historia de estas investigaciones es anterior a los actuales experimentos. Las primeras quimeras de ratón se obtuvieron en la década de 1960, mientras que los experimentos interespecíficos con rata y ratón demostraron posteriormente que las células de una especie podían contribuir al desarrollo de determinados órganos de otra. En 2010, por ejemplo, se consiguió que células de rata contribuyeran al desarrollo del páncreas de un ratón. Más recientemente, se han explorado estrategias de complementación de órganos utilizando células humanas en animales.
El objetivo último de algunas de estas investigaciones es aprovechar el organismo animal para generar tejidos u órganos que puedan ser utilizados para estudiar enfermedades o, eventualmente, para trasplantes. Sin embargo, cuanto mayor es la contribución de células humanas y cuanto más complejas son las estructuras en las que participan, mayor es también la necesidad de considerar sus implicaciones éticas.
- El experimento de 2022: un primer paso hacia la integración funcional
En 2022, Pașca y su equipo utilizaron una estrategia distinta de la empleada en 2026. En lugar de modificar genéticamente el cerebro del animal para dejar espacio al tejido humano, trasplantaron neuronas humanas derivadas de organoides en la corteza somatosensorial de ratas recién nacidas.
La elección de animales recién nacidos era importante. El cerebro de la rata todavía se encuentra en una fase intensa de desarrollo y, por tanto, ofrece mayores posibilidades de integración a las células humanas.
Las neuronas humanas no permanecieron aisladas. Se incorporaron progresivamente a los circuitos nerviosos de la rata y establecieron conexiones con ellos. Uno de los resultados más llamativos fue que las neuronas humanas podían responder a estímulos procedentes de los bigotes del animal. En otras palabras, no se trataba simplemente de células humanas supervivientes dentro del cerebro de una rata: existía una integración funcional con circuitos nerviosos del huésped.
El estudio tuvo además una finalidad relacionada con la investigación de enfermedades. Los investigadores produjeron organoides a partir de células de personas con síndrome de Timothy, una enfermedad genética asociada, entre otras manifestaciones, a alteraciones neurológicas y características relacionadas con el autismo. Los organoides derivados de estos pacientes presentaron diferencias en su crecimiento y actividad neuronal después de ser trasplantados.
La importancia de este procedimiento reside en que permite estudiar células humanas en un entorno biológico mucho más completo que el que proporciona un cultivo celular. En 2024, el grupo de Pașca utilizó además este tipo de modelos para estudiar tratamientos dirigidos a alteraciones asociadas al síndrome de Timothy.
Pero el modelo de 2022 presentaba una limitación importante: las células humanas tenían que competir por el espacio con el cerebro de la rata. El tejido de la rata se desarrollaba simultáneamente y ocupaba la mayor parte del territorio disponible.
- El salto de 2026: crear espacio para el tejido cerebral humano
El trabajo publicado en Nature en septiembre de 2026 intenta superar precisamente esa limitación.
Kaganovsky y colaboradores utilizaron ingeniería genética para generar ratones incapaces de desarrollar normalmente determinadas estructuras cerebrales, especialmente la corteza cerebral y el hipocampo. Posteriormente, cuando los animales tenían entre cinco y siete días de edad, introdujeron tejido cortical humano derivado de organoides cerebrales.
La lógica experimental es sencilla, aunque sus consecuencias científicas son extraordinarias: si el cerebro del ratón no puede generar determinadas neuronas, existe un espacio biológico que puede ser ocupado por neuronas humanas.
Los resultados muestran una integración considerable. El tejido humano sobrevivió, se desarrolló y estableció conexiones con el sistema nervioso del ratón. El estudio publicado en Nature describe además conexiones tanto desde el tejido humano hacia estructuras cerebrales del animal como desde circuitos del huésped hacia el tejido humano.
La magnitud de la integración es superior a la alcanzada en los modelos anteriores. Según la información de Nature, entre dos y tres meses después del trasplante, el tejido humano había aumentado considerablemente y ocupaba más del 90 % del espacio cerebral disponible creado experimentalmente. También se observaron proyecciones nerviosas hacia regiones profundas y hasta la médula espinal.
El análisis molecular mostró diferentes poblaciones celulares humanas, incluidas neuronas excitadoras corticales, progenitores y células de la línea glial. Las características de maduración de las neuronas humanas correspondían aproximadamente a etapas del desarrollo cortical humano fetal de segundo trimestre.
Un hallazgo particularmente interesante fue la aparición de células semejantes a las neuronas de von Economo, un tipo neuronal especializado que se ha relacionado con determinadas funciones cognitivas y sociales y que hasta ahora no había aparecido de esta manera en modelos de cultivo.
- ¿Es realmente un «ratón con un cerebro humano»?
La expresión resulta atractiva, pero desde el punto de vista científico debe utilizarse con prudencia.
El propio título de un artículo divulgativo sobre el tema, Un ratón con un cerebro humano, pretende llamar la atención sobre la magnitud del experimento. Sin embargo, el animal obtenido no posee un cerebro humano completo. Tampoco puede considerarse un cerebro humano trasplantado a un ratón.
Lo que existe es una quimera neural humano-ratón, en la que una parte considerable del tejido cerebral deriva de células humanas, pero que continúa integrada en un organismo murino. Además, la arquitectura del tejido humano no reproduce completamente la organización de una corteza cerebral humana madura.
El estudio de 2026 encontró que el tejido humano no desarrollaba exactamente la organización laminar característica de la corteza cerebral humana. Los animales tampoco eran idénticos a los controles normales. Se observaron determinadas alteraciones, entre ellas anomalías de la marcha bajo condiciones de hipoxia.
Por ello, hablar de «un cerebro humano» debe entenderse como una expresión divulgativa que señala la extraordinaria contribución humana al tejido cerebral del animal, no como una descripción anatómica literal.
- ¿Qué aporta científicamente este modelo?
El principal interés del modelo no consiste en producir animales con capacidades humanas, sino en disponer de un sistema experimental que permita estudiar neuronas humanas en un organismo vivo.
Los organoides permiten investigar aspectos del desarrollo cerebral humano, pero su aislamiento del organismo constituye una limitación. Un cerebro vivo proporciona circulación sanguínea, metabolismo, señales hormonales, actividad sensorial, interacción con otros órganos y experiencia conductual.
El modelo de 2026 permite, por tanto, estudiar cómo neuronas humanas se desarrollan, se conectan y funcionan dentro de un sistema nervioso completo. Esto puede ser especialmente relevante para enfermedades del neurodesarrollo y trastornos neurológicos en los que las alteraciones no dependen exclusivamente de una neurona aislada, sino de la organización de circuitos.
También puede facilitar la evaluación de determinados tratamientos. La posibilidad de introducir células derivadas de pacientes en un modelo vivo abre una vía para estudiar alteraciones específicas y comprobar experimentalmente respuestas terapéuticas.
En este sentido, la evolución entre 2022 y 2026 es significativa: en 2022 se demostró que las neuronas humanas podían integrarse funcionalmente en el cerebro de una rata; en 2026 se ha conseguido proporcionar a esas células un territorio cerebral mucho mayor, reduciendo la competencia con las células del huésped.
- La cuestión ética: ¿qué ocurre cuando aumenta la integración humana?
En realidad, no se trata solo de considerar el beneficio de los pacientes, sino que debemos partir de la base de qué tipo de acción estamos realizando. Desde luego, como señala el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia, la producción de quimeras humano-animal conlleva dificultades éticas que se relacionan, entre otros aspectos, con el grado de colonización alcanzado por la quimera. Esta cuestión adquiere todavía mayor relevancia a la luz de los avances recientes, ya que los experimentos realizados en 2026 han conseguido una integración mucho más extensa de tejido neuronal humano en el cerebro de un ratón, hasta el punto de que las neuronas humanas han contribuido de manera significativa a la reconstrucción funcional de regiones cerebrales que el animal no podía desarrollar por sí mismo.
En abril de 2021, la National Academy of Sciences, Engineering, and Medicine de Estados Unidos publicó el informe The Emerging Field of Human Neural Organoids, Transplants, and Chimeras: Science, Ethics, and Governance, en el que se advertía que la investigación con organoides, trasplantes neuronales y quimeras humano-animal planteaba cuestiones éticas relacionadas con la posible modificación de las capacidades de los animales y con la posibilidad de que la incorporación de células humanas alterase aspectos de su experiencia, conciencia o capacidades mentales. El informe señalaba que estas preocupaciones adquirían especial importancia a medida que aumentaba la integración de células humanas en el cerebro de los animales y que debían ser objeto de seguimiento conforme avanzara la investigación.
Esta preocupación resulta particularmente significativa en la actualidad. Si en 2021 se planteaba como una cuestión que debía ser considerada ante el posible desarrollo futuro de estas técnicas, en 2026 nos encontramos ya ante experimentos en los que una proporción muy importante de determinadas estructuras cerebrales del animal procede de células neuronales humanas. Los resultados actuales no permiten afirmar que estos animales hayan adquirido conciencia humana ni capacidades cognitivas humanas; sin embargo, sí muestran que las neuronas humanas pueden integrarse funcionalmente en el sistema nervioso del animal y desempeñar funciones que normalmente corresponderían a las neuronas del propio animal.
Por otro lado, en una publicación sobre quimeras humano-animal se asevera que “las experiencias que combinan elementos humanos y no humanos, determinan que las células utilizadas pueden afectar al cerebro y a la capacidad reproductiva, o sea a aquellos órganos que inciden particularmente en la identidad de la especie y en la unidad humana”, y se pone de relieve “el grave peligro de la producción de híbridos humano-animales, pues (…) nos encontramos ante un monstruo en el sentido más amplio de la palabra, lo que es algo injusto de realizar”. Esta consideración conserva su sentido como expresión de una preocupación bioética por la mezcla de elementos humanos y no humanos, aunque los avances científicos actuales aconsejan centrar la atención, de manera cada vez más precisa, en el grado de integración alcanzado y en sus posibles consecuencias sobre las capacidades del animal.
En definitiva, el fin nunca justifica los medios. La dignidad de la persona humana es algo inherente a su naturaleza que no podemos dejar de lado, por lo que estos experimentos deben ser sometidos a una consideración ética que no se limite a valorar los posibles beneficios terapéuticos que puedan proporcionar. La creciente capacidad de integrar células neuronales humanas en animales hace todavía más necesario preguntarse por la naturaleza de la acción que estamos realizando y por los límites que no deberían sobrepasarse. No todo lo que es posible hacer es concorde con el propio ser del hombre.








